A estas alturas de la Historia a nadie se le escapa que el Carlismo es un movimiento político, yo diría más bien que es un modo de entender la vida y de comportarse en sociedad, que basa su doctrina en un cuatrilema fundamental en cuya cúspide se sitúa a Dios sobre todas las cosas. Es por ello que, como católicos, fundamentamos nuestra postura social, moral y personal en la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo y en el Magisterio de la Iglesia Católica. A partir de ahí se abre un amplio abanico doctrinal que ha llevado a los carlistas a ser en la actualidad el único movimiento político que lleva a Cristo por fundamento en su Ideario y a la Tradición Hispánica como complemento en la forma de entender los sistemas de gobierno de nuestra sociedad. Quizás por eso nos hayamos quedado solos en nuestro empeño.
Los carlistas, como todos aquellos otros católicos que se precien de serlo sin complejos, celebramos en estas fechas los días de Adviento. La palabra Adviento proviene del latín “adventus” que significa “por venir”, (“adventus Redemptoris” = “venida del Redentor”), y es por ello un tiempo de preparación, de reflexión, de espera vigilante. Es tiempo de esperanza y de vigilia, de meditación y de alegría. Cristo va a nacer. Sabemos que va a nacer y debemos estar preparados para ese momento. Pero hay algo que nos caracteriza a los carlistas si nos comparamos con el resto de los fieles católicos: Si en el aspecto religioso vivimos el Adviento en toda su magnificencia y damos sentido pleno a Dios como eje principal de nuestras vidas y primer y supremo fundamento de nuestro cuatrilema, en los otros tres basamentos del mismo, (Patria, Fueros y Rey), hacemos agua en determinados momentos. Y lo malo es que esos “determinados momentos” se han convertido en demasiados con el paso del tiempo. Si en lo que nos une a Dios sabemos la duración del Adviento Cristiano porque sabemos la fecha en que Cristo nace en nuestros corazones de católicos, se diría que en el resto fundamental de nuestra doctrina vivimos en un “adviento constante” e ilimitado en el tiempo ante la restauración de la Patria, de los Fueros y del Rey. Sigue leyendo
Vistas las cosas -digamos- con tranquilidad y al cabo de los años, la conclusión que sacamos es que Manuel Fal Conde tenía razón, mucha razón. 

frecuente, que cuando fallece una buena persona, especialmente si es de manera trágica, los creyentes se pregunten ¿por qué lo has permitido Dios mío?
puedo ni quiero ni debo ser europeísta. "España y yo somos así, señora", que dijo un genio. Y menos de la Europa de Westfalia, que se confirmó en criminosos engendros desde Cromwell a la guillotina francesa.
iticar la Historia española, mucho sacarse de debajo de la manga una pseudo-memoria “histérica”, mucho renegar de los ancestros hispanos, mucho alabar las paranoias morisco-andalusíes de Blas Infante y mucho enarbolar la bandera repúblico-bananera de Mariana Pineda y ahora resulta que surge, nuevamente, como un taponazo de corcho en una alberca hedionda, la imagen de este “soviet andrajoso” de barbas rasputinianas para llenar las páginas de los periódicos de un espíritu romántico-reivindicativo en favor de los parias de la tierra.
“Perdus!”. ¡Perdidos!. Es el titular más exacto que he podido encontrar en estos tiempos sobre la situación por la que está pasando nuestra Patria, y ha tenido que venir desde nuestra gabacha vecina y desde las páginas del rotativo “Libération” que gobierna la masónica familia Rothschild. Los europeístas lo han conseguido y se regocijan del desastre español. No sólo porque la defenestrada esté siendo España en estos momentos, sino porque la debacle de España, además, arrastrará sin remedio al resto de Europa en su caída. Y entonces lo habrán conseguido. Entonces habrá que buscar un “salvador de la patria mundial”, (europeísta, eso sí, y si es posible, liberal, izquierdoso, ateo, amoral y masón) que venga a sacarnos las castañas del fuego con nuevos señuelos progresistas y nuevas promesas abocadas a su incumplimiento.