Que residan los gobernantes

Hay instituciones antiguas que desaparecieron porque dejaron de servir y otras, quizá, porque servían demasiado bien. Entre estas últimas merece recordarse el juicio de residencia, aquel procedimiento de nuestra Monarquía por el cual quien había ejercido un oficio público debía, concluido su mandato, permanecer a disposición de la justicia para responder de sus actos. La palabra es sublime: residencia. Antes de marcharse, el gobernante debía detenerse. No podía abandonar sin más el poder disfrutado, encaramarse al siguiente cargo o refugiarse detrás de quienes lo habían nombrado. Tenía que responder. Nuestra época, lastimosamente, ha conseguido exactamente lo opuesto. Nunca hubo tantos órganos fiscalizadores, comisiones parlamentarias, tribunales de cuentas, oficinas de transparencia, auditorías e interventores; y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan difícil averiguar quién responde personalmente de una decisión pública desastrosa. El poder se ha hecho omnipresente; la responsabilidad, evanescente. Vuelve entonces, resonando con toda su fuerza, la clásica pregunta de Juvenal: Quis custodiet ipsos custodes? «¿Quién vigilará a los propios vigilantes?».

La respuesta moderna ha consistido en superponer controles a controles, instancias a instancias, burocracias a burocracias. Pero el problema no se resuelve necesariamente multiplicando guardianes, porque también los guardianes necesitan medida. La cuestión decisiva es otra: ¿con arreglo a qué debe juzgarse el poder? La tradición política clásica, una vez más, conocía la respuesta. La potestad no era soberana en sentido absoluto, porque no era fuente de su propia legitimidad. Era officium, es decir, función, deber, ministerio ordenado a un fin que la precedía y la trascendía. El gobernante no podía disponer arbitrariamente del bien común porque tampoco podía crearlo a su antojo. Gobernaba dentro de un orden, no desde fuera de él. Por eso el juicio de residencia partía de un principio elemental: quien manda responde. No respondía en esos tiempos vetustos y denostados una entelequia llamada «Administración» ni una sigla partidista. Respondía el corregidor, el gobernador, el virrey; a saber: el hombre concreto que había recibido una potestad específica. Y respondía porque el ejercicio del mando no lo convertía en dueño de la comunidad, sino en servidor de un orden que no le pertenecía.

La partitocracia contemporánea ha invertido esta relación. El cargo público pertenece de hecho al partido que lo distribuye; el gobernante debe su puesto a la organización y ante ella responde principalmente. Cuando sobreviene el desastre, aparecen enseguida los amortiguadores de la responsabilidad: asesores, subordinados, informes técnicos, competencias concurrentes, decisiones colegiadas. Todos intervinieron y, por consiguiente, nadie decidió. Y todavía se nos responde que al político «lo juzgan las urnas». Pero las urnas no juzgan, eligen. Una mayoría puede investir una magistratura, pero no convertir en bueno lo malo ni en justo lo injusto. El sufragio no hace recta una administración ruinosa, no santifica el abuso de poder ni extingue las responsabilidades contraídas durante el mando. Confundir legitimación electoral con rectitud política supone convertir la voluntad en fuente de la justicia y, por tanto, hacer de la soberanía moderna lo que siempre quiso ser: un poder sin superior visible y, finalmente, omnímodo. He aquí el problema. Porque cuando la potestad deja de reconocerse sometida a un orden objetivo, la responsabilidad tiende inevitablemente a degradarse en mera responsabilidad política: una censura parlamentaria, una derrota electoral, acaso una dimisión; es decir, consecuencias mudables, reversibles y casi siempre absorbidas por la propia maquinaria partidista.

Frente a ello, tendría perfecto sentido recuperar, con las debidas garantías jurídicas, un juicio de residencia contemporáneo. No una causa política contra el gobernante vencido, sino un procedimiento ordinario, automático y personal para quienes hubiesen ejercido altas responsabilidades públicas. Concluido el mandato, deberían examinarse la gestión de los caudales confiados, los contratos celebrados bajo su autoridad, los posibles conflictos de intereses, el incremento patrimonial injustificado y aquellas decisiones de las que pudieran derivarse responsabilidades personales. Y durante un período determinado deberían quedar particularmente restringidas las llamadas puertas giratorias: resulta difícil imaginar un símbolo más acabado de la corrupción del officium que el gobernante que transforma inmediatamente en provecho privado el poder público que ayer ejercía. No se trataría de presumir culpable al gobernante. Se trataría de restaurar una verdad elemental, esto es: a mayor potestad, mayor obligación de responder.

Hoy sucede con frecuencia lo contrario. El ciudadano paga sus deudas con su patrimonio; el comerciante puede arruinarse por una mala decisión; un funcionario modesto responde disciplinariamente de una irregularidad. Pero quien dilapida millones de dinero público suele refugiarse en la vaporosa categoría de la «responsabilidad política», expresión que demasiadas veces significa que nadie responderá de nada. Nuestra tradición jurídica sabía que el poder debía dejar huella también sobre quien lo ejercía. Porque mandar no era emanciparse del orden, sino cargar con una obligación mayor dentro de él. En consecuencia, gobernar no puede consistir en ocupar durante unos años un despacho, adoptar decisiones que condicionarán durante décadas la vida de los gobernados y marcharse después a un consejo de administración, una embajada o cualquier otro retiro dorado del poder. Quien ejerce autoridad contrae, qué duda cabe, una deuda.

Por eso convendría recuperar la severa pregunta que encerraba el viejo juicio de residencia. Cuando el poderoso abandone el palacio, antes de que cruce definitivamente su puerta, que alguien pueda obligarlo a detenerse y preguntarle: ¿qué hiciste con el poder que te fue confiado? Tal vez ahí se encuentre también la mejor respuesta al Quis custodiet ipsos custodes? No en fabricar indefinidamente nuevos vigilantes, sino en recordar que por encima del vigilante, del magistrado y del gobernante existe un orden que ninguno de ellos puede inventar y ante el cual todos deben responder. Una política que olvidó esa verdad llamó libertad a la emancipación del poder respecto de todo límite superior. Quizá haya llegado la hora de recordar que el verdadero límite del poder no es otro poder, sino la Justicia.

Miguel López Ortiz

Rosario por la Vida en Sevilla, 26 de septiembre

Llegamos a un nuevo último sábado de mes y por ello volvemos a convocar al rezo público del Rosario por la Vida en Sevilla, en desagravio por las leyes contrarias a la vida y dignidad humanas y en rogativa por su total derogación.

La cita será, como de costumbre, el sábado 26 de septiembre a las 12 del mediodía en la Plaza del Triunfo de Sevilla, a los pies del Monumento a la Inmaculada Concepción.

Acude y difunde.

Rosario por la Vida el sábado 29 de agosto

El próximo 29 será último sábado de agosto y por tanto convocamos al rezo público del Rosario por la Vida en Sevilla, en desagravio por todas las leyes contrarias a la vida y dignidad humanas y en rogativa por su total derogación.

Recordamos con esta convocatoria que hay verdades que no pueden ser objeto de acuerdo o debate partidista y que el regimen político que mercadea con ellas es ilegítimo.

La cita será, como de costumbre, a las 12 del mediodía en la Plaza del Triunfo, a los pies del Monumento a la Inmaculada Concepción.

Te esperamos.

Si los españoles no quieren trabajar en el campo, ¿por qué se van a Francia?

Cada año, cuando llega la temporada de la vendimia francesa, vuelve a repetirse una historia que debería hacernos pensar.

Miles de trabajadores andaluces —este año se habla de alrededor de 9.500— hacen las maletas, atraviesan España de sur a norte y cruzan la frontera para pasar varias semanas trabajando en los viñedos franceses.

Y entonces surge una pregunta bastante sencilla:

Si nos dicen que los españoles no quieren trabajar en el campo, ¿qué hacen todos esos andaluces marchándose a Francia para trabajar precisamente en el campo?

Es necesario revisar tantos de los discursos establecidos que mucha gente asume por simple repetición.Se nos dice insistentemente que «los españoles ya no quieren hacer esos trabajos». Que «la gente del campo prefiere vivir de subvenciones». Que para determinadas labores agrícolas no queda más remedio que recurrir a trabajadores llegados de otros países.

Pero quizá el problema no sea que falten personas dispuestas a trabajar. Quizá el problema sea en qué condiciones se les pide que trabajen.

Porque la gente del campo, como la de la ciudad, no rechaza el trabajo. Lo que rechaza es aceptar trabajos que no permiten vivir dignamente de ellos.

Un jornal que no alcanza para cubrir las necesidades básicas, jornadas extenuantes, alojamientos indignos y una incertidumbre permanente no constituyen precisamente una oferta irresistible.

Y aquí aparece, cada año, la paradoja: Los mismos trabajadores que, según algunos discursos, «no quieren trabajar» en los campos españoles están dispuestos a recorrer mil kilómetros para hacerlo en Francia.

¿Por qué?

Porque el trabajador responde a los incentivos, pero también tiene una dignidad y unas necesidades. Necesita que su trabajo le permita pagar una vivienda, mantener a su familia, criar a sus hijos y mirar al futuro con un mínimo de seguridad. No es una exigencia extravagante. Es el principio elemental de un salario justo.

El trabajador no puede ser una simple variable de coste.

El sistema capitalista ha impuesto una concepción de la economía en la que el trabajo aparece fundamentalmente como un coste que hay que reducir. Si el trabajador español resulta demasiado caro, se busca otro trabajador dispuesto a cobrar menos. Si producir aquí resulta demasiado costoso, se importa de países donde los salarios y las condiciones laborales son mucho peores. Si una explotación no resulta lo suficientemente lucrativa pagando un salario digno, se busca la forma de reducir el coste laboral.

Y después se nos explica que todo eso es simplemente «el mercado».

Nosotros negamos la mayor. El pilar principal no puede ser la satisfacción del mercado, sino la justa distribución de la riqueza. Una sociedad no puede organizar toda su vida alrededor de una única pregunta: ¿cómo conseguimos producir más barato?

Detrás de cada salario hay una persona. Detrás de cada trabajador hay una familia. Detrás de cada familia hay una comunidad. Cuando se abarata sistemáticamente el trabajo, no estamos simplemente reduciendo una cifra en una cuenta de resultados. Estamos haciendo más difícil que una persona pueda formar una familia, comprar una vivienda, mantener a sus hijos o permanecer en la tierra donde nació. Estamos destruyendo la comunidad.

Y cuando se utiliza la extrema necesidad de trabajadores extranjeros para presionar todavía más a la baja las condiciones laborales, tampoco se está haciendo un favor a esos inmigrantes. El inmigrante no deja de ser una persona con derecho a un trabajo digno porque haya nacido al otro lado de una frontera. El problema no es el trabajador extranjero. El problema es un sistema económico capaz de convertir la necesidad de unos y otros en una herramienta para reducir el precio del trabajo.

No queremos enfrentar a trabajadores.

Precisamente por eso, la respuesta no puede consistir en enfrentar al trabajador español con el inmigrante. Hay que mirar más allá.

El trabajador extranjero que llega buscando un futuro para sus hijos merece la misma dignidad que cualquier otro trabajador. Pero también la merece el temporero andaluz que no puede mantener a su familia con lo que se le ofrece en su propia tierra. Y ambos tienen algo en común: ninguno debería ser utilizado como mano de obra barata y como herramienta de manipulación de las condiciones.

La justicia social no consiste en decidir quién debe aceptar peores condiciones. Consiste en conseguir que las condiciones de trabajo sean dignas para todos.

Porque si una explotación sólo resulta rentable pagando salarios con los que un trabajador no puede vivir dignamente, quizá debamos empezar a preguntarnos si el problema está en el trabajador o en el propio modelo productivo.

El campo no necesita esclavos.

Desde la visión tradicional no podemos aceptar que la agricultura sea contemplada únicamente desde la lógica del rendimiento económico. La tierra no es simplemente un activo. El agricultor no es simplemente un empresario. El jornalero no es simplemente un coste. Y el trabajador inmigrante no puede ser una herramienta de presión para rebajar las condiciones laborales.

La economía está al servicio de la persona y de la sociedad, y no al revés.

Por eso defendemos un campo capaz de sostener familias, comunidades y pueblos; un campo en el que sea posible vivir dignamente del trabajo; un campo donde la propiedad esté suficientemente extendida y arraigada y donde el trabajador pueda aspirar, cuando las circunstancias lo permitan, a convertirse también en propietario.

Queremos un campo con agricultores, ganaderos, propietarios, cooperativas y trabajadores justamente remunerados, no un campo condenado a competir permanentemente mediante la reducción del coste del trabajo o contra rivales que juegan con otras reglas.

Y tampoco queremos que nadie tenga que abandonar su tierra por necesidad.

Hay aquí, además, una cuestión que trasciende nuestras fronteras: Durante años se ha presentado la inmigración como si el principal derecho de quien sufre pobreza fuese poder abandonar su país. Pero el primer derecho del necesitado debería ser poder vivir dignamente en su propia tierra.

Que un hombre pueda alimentar a sus hijos sin tener que abandonar su pueblo. Que una mujer pueda trabajar sin tener que abandonar a su familia. Que un joven pueda construir su futuro donde nacieron sus padres. Que los pueblos puedan conservar su población y desarrollar sus propios recursos.

Eso exige también revisar unas relaciones económicas internacionales que con demasiada frecuencia han permitido que la riqueza y los recursos salgan de los países pobres sin generar en ellos un desarrollo suficiente y autónomo.

No parece una solución especialmente justa vaciar de trabajadores los países pobres para después recibirlos en los países ricos como mano de obra barata. Y no se nos ocurre mayor ejercicio de hipocresía que el alentar ese vaciado envuelto en banderas como la “solidaridad” o la “diversidad», cuando no es más que una herramienta de explotación.

Ni queremos eso para los andaluces ni lo queremos para nadie.

Trabajo digno, tierra y familia.

La solución no está en elegir entre el trabajador español y el extranjero. Está en rechazar la lógica que convierte a ambos en mercancía.

Queremos que el trabajador pueda vivir de su trabajo. Que el agricultor pueda vivir de su tierra. Que el joven pueda quedarse en su pueblo. Que una familia pueda tener hijos sin que eso signifique condenarse económicamente. Que la propiedad no esté cada vez más concentrada en manos de grandes fondos y capitales alejados de la tierra.

Que la producción agrícola genere riqueza en Andalucía y que una parte mucho mayor del valor añadido permanezca aquí.

Y, sobre todo, que recuperemos una idea que la modernidad económica ha olvidado demasiadas veces: la economía debe estar al servicio del hombre, de la familia y de la comunidad.

Por eso, cuando volvamos a ver a miles de andaluces haciendo las maletas para recorrer España y cruzar la frontera para vendimiar en Francia, quizá debamos dejar de preguntarnos por qué «no quieren trabajar» en nuestros campos.

La pregunta correcta es otra: ¿Qué estamos haciendo para que no puedan vivir dignamente de su trabajo en su propia tierra?

Y quizá la respuesta nos obligue a mirar mucho más allá de la agricultura. Nos obligue a mirar al modelo económico entero.

Rosario por la Vida en Sevilla, sábado 25 de julio

El próximo día 25 de julio, día del Santo Patrón de España Santiago Apóstol, es último sábado de mes y por tanto convocamos al rezo público del Rosario por la Vida, en desagravio por todas las leyes contrarias a la vida y dignidad humanas, y en rogativa por su total derogación.

La cita será, un mes mas, a las 12 del mediodía en la Plaza del Triunfo de Sevilla, a los pies del monumento a la Inmaculada Concepción.

Te esperamos.

Declaración de la Comunión Tradicionalista Carlista en el aniversario de la victoria cristiana de Las Navas de Tolosa

(16/JUL/26. NOTA DE PRENSA) – Hoy, 16 de julio, se cumplen 814 años de la victoria cristiana de las Navas de Tolosa. Un hito que supuso el afianzamiento de España como parte de la Cristiandad en detrimento de un proyecto político antagónico llamado Al-Andalus. Un paso que permitió el avance de la Reconquista y que fue culminado felizmente por los Reyes Católicos en 1492 y por Felipe III en 1614 con la expulsión de los moriscos.

La historia nos enseña que, salvo momentos puntuales muy localizados -y a pesar de esfuerzos loables-, nunca ha sido posible la coexistencia o convivencia pacífica entre cristianos y mahometanos. La revolución del liberalismo, inspirador del gran engaño de la constitución del 78, eliminó toda referencia trascendente en nuestras leyes pues considera a la religión como un elemento propio de la mera conciencia personal. Según esa ideología bastaría con el cumplimiento de las leyes del estado para mantener la unidad, la paz y la concordia. Sin embargo la evidencia -que vemos ya de forma especialmente dramática en otros países de Europa- es que los problemas crecen. La realidad es que tanto los verdaderos católicos como los musulmanes consecuentes no entendemos la vivencia de nuestra fe sin el desarrollo pleno de una dimensión pública y social.

Por todo ello, lejos de ser una curiosidad histórica, la batalla de las Navas de Tolosa es una efeméride cuyos ecos resuenan hoy con fuerza entre nosotros. Actualmente viven en España, según las estadísticas oficiales, más de 2,5 millones de musulmanes lo que supone al menos el 5% de la población. Hay localidades en las que esa proporción es mucho mayor y amenaza ya, de forma insoportable, la misma identidad de numerosas comarcas. Se trata de un fenómeno brusco y muy reciente si tenemos en cuenta que tres de cada cuatro musulmanes han nacido fuera de España. Dentro del caos migratorio provocado por unos políticos irresponsables esta es posiblemente la consecuencia más grave y el mayor de los retos al que habrán de enfrentarse las nuevas generaciones de españoles.

Nuestra condena por tanto se dirige en primer lugar hacia todos los partidos políticos que han permitido y sostienen todavía esta situación. Hacia los separatistas que pensaron que una inmigración islámica podría favorecer sus intereses antiespañoles. A los laicistas que han querido utilizar el aumento de la población musulmana para la descristianización de nuestra Patria. A los conservadores que han mirado para otro lado, o que incluso homenajean a traidores como Blas Infante, mientras tengan acceso a mano de obra barata.

No podemos tampoco dejar de criticar la posición buenista de aquellos católicos que confunden la ayuda humanitaria con un suicidio cultural. La acogida caritativa al extranjero necesitado en ningún caso puede justificar políticas de sustitución poblacional hasta el punto de hacer irreconocibles nuestros barrios y ciudades. Tampoco la difusión de creencias y prácticas basadas en el error, el terror o el desprecio a la mujer. El multiculturalismo y el caos social tan sólo benefician, finalmente, a un estado policial cada vez más controlador y sectario.

Los carlistas queremos que España, la España católica y tradicional, siga siendo ella misma, y sabemos que el pueblo español, aunque ahora mismo viva anestesiado por las ideologías progres, tampoco va a querer vivir ni en Al-Andalus ni en un estado socialista masónico. Ojalá que cuando despierte no sea demasiado tarde. Próxima la celebración del apóstol Santiago, patrón de las Españas, concluimos esta declaración acogiéndonos a su amparo: ¡Santiago y cierra, España!

Junta de Gobierno de la
Comunión Tradicionalista Carlista

18 de julio de 2026 en Sevilla

Este 18 de julio se cumple el 117º aniversario del fallecimiento de SMC D. Carlos VII y el 90º del Alzamiento Nacional de 1936.

Como cada verano, es la fecha que elegimos para cerrar el curso y lo haremos en nuestro Círculo Carlista Virgen de los Reyes de Sevilla, sito en la Calle Aire, 5, el viernes 17 a las 21 horas.

Os esperamos.

Rosario por la Vida e4l sábado 27 de junio en Sevilla

Llega el último sábado de junio y volvemos a convocar al rezo público del Rosario por la Vida en Sevilla, en desagravio por todas las leyes contrarias a la vida y dignidad humanas y en rogativa por su total derogación.

Como de costumbre, la cita será a las 12 del mediodía en la Plaza del Triunfo de Sevilla, a los pies del Monumento a la Inmaculada Concepción.

Difunde y acude.

Los carlistas dan la bienvenida al Santo Padre y alertan ante quienes recortan su mensaje

(05/JUN/26. NOTA DE PRENSA) – Con motivo de la visita apostólica de Su Santidad el Papa León XIV, la Comunión Tradicionalista Carlista desea expresar su más cálida bienvenida al Santo Padre en nombre de quienes, como católicos y carlistas, fieles siempre a Roma, reconocen en la Iglesia de Cristo la guía espiritual de los pueblos y la fuente de toda restauración moral y social.

España, tierra de María, marcada por una profunda vocación católica y misionera, recibe al Sucesor de Pedro con esperanza, respeto filial y espíritu de oración. Para los carlistas, esta visita -cuando se acaba de cumplir el centenario de la encíclica Quas Primas que instituyó la solemnidad de Cristo Rey- es una ocasión providencial para que nuestra Patria vuelva a mirar a Dios, reafirme su Fe, y redescubra en el Evangelio y en la Soberanía de Cristo el fundamento de una sociedad ordenada al bien común. En los próximos días muchas familias carlistas, entre millones de católicos españoles, participarán en los distintos encuentros programados para orar con el Vicario de Cristo y escuchar con atención sus palabras.

No toda España compartirá estos sentimientos. Los representantes de las ideologías anticristianas y del corrupto sistema partitocrático que detenta las principales magistraturas del estado van a hacer todo lo posible -ya lo están haciendo- por recortar y adulterar el mensaje católico. Para el discurso políticamente correcto, León XIV debiera limitarse a repetir un mensaje buenista en relación con el desorden migratorio y a reconocer el genio artístico de Antoni Gaudí. Poco más.

Existen sin embargo otras muchas realidades dolorosas y preocupantes en la España de 2026 a las que la Iglesia y todos los fieles católicos, de una u otra forma, tratamos de dar respuesta:

  • Los ataques de la «cultura de la muerte» a los niños no nacidos y a los más débiles, a la familia y a la misma naturaleza humana, que son la demostración primera de una sociedad vacía que camina al suicidio.
  • El problema migratorio, que como bien ha explicado el mismo León XIV, más allá de su dimensión humanitaria, no puede abordarse sin tratar de corregir las injusticias que genera una inmigración masiva y desordenada en los países receptores y en los emisores.
  • El crecimiento del islamismo y del protestantismo en nuestra tierra, que no es algo irremediable o fortuito sino un fenómeno alentado por aquellos que odian la misma identidad de España.
  • El crecimiento desmesurado de estructuras burocráticas -a menudo corruptas- que asfixian las libertades concretas de las familias y los cuerpos sociales naturales.
  • Las políticas educativas, laborales y de vivienda que dejan a los jóvenes desamparados ante un futuro de explotación y falta de recursos.
  • El odio y el guerracivilismo promovido por las llamadas leyes de memoria, que ocultan la persecución anticatólica de los años 30 del siglo XX y pretenden incluso la destrucción monumental como medio para negar la verdad.

En medio de todas estas dificultades, los carlistas confiamos en que esta visita apostólica sea semilla de conversión, de unidad en la Fe, y de renovación moral para España. Que María Santísima, Reina de las Españas, acompañe al Santo Padre durante su estancia entre nosotros y obtenga de su Hijo la gracia de que nuestra nación vuelva a ser, con humildad y firmeza, servidora de Cristo y de su Iglesia.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista

Ante la corrupción del régimen

Los continuos escándalos de corrupción que sacuden la vida pública española no constituyen ninguna anomalía ni motivo de sorpresa. Son, por el contrario, una consecuencia lógica de un sistema político basado en la partitocracia liberal, en la lucha permanente por el poder y en la subordinación del bien común a intereses ideológicos, económicos y electorales.

Mientras unos partidos fingen escandalizarse por las corrupciones ajenas y otros buscan excusas para las propias, el pueblo español contempla una vez más el triste espectáculo de una alternancia que cambia los rostros y las siglas, pero mantiene intactos los mismos vicios estructurales. La corrupción no aparece contra el sistema: nace del propio sistema.

La partitocracia necesita del enfrentamiento continuo, de la propaganda, del clientelismo y de la ocupación de las instituciones para sobrevivir. Convierte la política en una lucha de bandos y al pueblo en una masa de hinchas dispuestos a justificar los abusos de los suyos mientras denuncian los del adversario. Y así, entre escándalos, pactos y relevos, continúa girando el mismo tiovivo decadente.

Los carlistas rechazamos la idea de que esta degradación sea inevitable. Ni creemos que el hombre sea bueno por naturaleza y la sociedad quien lo corrompe, ni que el hombre es siempre un lobo para el hombre. Sabemos perfectamente que somos la criatura más preciosa de la Creación pero que tenemos una naturaleza caída por el pecado que nos obliga a poner coto a posibles abusos. España conoció durante siglos formas políticas más sanas, más responsables y más cercanas al pueblo real que el actual régimen de partidos. La Tradición política española supo establecer límites al poder y mecanismos eficaces de responsabilidad pública allí donde hoy sólo existe impunidad protegida por estructuras partidistas.

Frente a la corrupción institucionalizada, seguimos reivindicando principios tradicionales de gobierno y control político como el juicio de residencia, mediante el cual todo cargo público debía responder de su gestión y de su enriquecimiento antes y después de ejercer sus responsabilidades. Quien administra bienes públicos debe rendir cuentas al bien común y no servirse de él para su beneficio personal o partidista.

La regeneración de España no vendrá de quienes han construido y sostenido este régimen, ni de reformas cosméticas destinadas únicamente a restaurar la confianza en unas estructuras agotadas. Sólo la recuperación de una concepción política fundada en la verdad, la justicia, la responsabilidad y el orden social cristiano podrá devolver dignidad a la vida pública española.

Dios, Patria, Fueros y Rey.

Junta Regional de Andalucía Occidental de la Comunión Tradicionalista Carlista.