Que residan los gobernantes

Hay instituciones antiguas que desaparecieron porque dejaron de servir y otras, quizá, porque servían demasiado bien. Entre estas últimas merece recordarse el juicio de residencia, aquel procedimiento de nuestra Monarquía por el cual quien había ejercido un oficio público debía, concluido su mandato, permanecer a disposición de la justicia para responder de sus actos. La palabra es sublime: residencia. Antes de marcharse, el gobernante debía detenerse. No podía abandonar sin más el poder disfrutado, encaramarse al siguiente cargo o refugiarse detrás de quienes lo habían nombrado. Tenía que responder. Nuestra época, lastimosamente, ha conseguido exactamente lo opuesto. Nunca hubo tantos órganos fiscalizadores, comisiones parlamentarias, tribunales de cuentas, oficinas de transparencia, auditorías e interventores; y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan difícil averiguar quién responde personalmente de una decisión pública desastrosa. El poder se ha hecho omnipresente; la responsabilidad, evanescente. Vuelve entonces, resonando con toda su fuerza, la clásica pregunta de Juvenal: Quis custodiet ipsos custodes? «¿Quién vigilará a los propios vigilantes?».

La respuesta moderna ha consistido en superponer controles a controles, instancias a instancias, burocracias a burocracias. Pero el problema no se resuelve necesariamente multiplicando guardianes, porque también los guardianes necesitan medida. La cuestión decisiva es otra: ¿con arreglo a qué debe juzgarse el poder? La tradición política clásica, una vez más, conocía la respuesta. La potestad no era soberana en sentido absoluto, porque no era fuente de su propia legitimidad. Era officium, es decir, función, deber, ministerio ordenado a un fin que la precedía y la trascendía. El gobernante no podía disponer arbitrariamente del bien común porque tampoco podía crearlo a su antojo. Gobernaba dentro de un orden, no desde fuera de él. Por eso el juicio de residencia partía de un principio elemental: quien manda responde. No respondía en esos tiempos vetustos y denostados una entelequia llamada «Administración» ni una sigla partidista. Respondía el corregidor, el gobernador, el virrey; a saber: el hombre concreto que había recibido una potestad específica. Y respondía porque el ejercicio del mando no lo convertía en dueño de la comunidad, sino en servidor de un orden que no le pertenecía.

La partitocracia contemporánea ha invertido esta relación. El cargo público pertenece de hecho al partido que lo distribuye; el gobernante debe su puesto a la organización y ante ella responde principalmente. Cuando sobreviene el desastre, aparecen enseguida los amortiguadores de la responsabilidad: asesores, subordinados, informes técnicos, competencias concurrentes, decisiones colegiadas. Todos intervinieron y, por consiguiente, nadie decidió. Y todavía se nos responde que al político «lo juzgan las urnas». Pero las urnas no juzgan, eligen. Una mayoría puede investir una magistratura, pero no convertir en bueno lo malo ni en justo lo injusto. El sufragio no hace recta una administración ruinosa, no santifica el abuso de poder ni extingue las responsabilidades contraídas durante el mando. Confundir legitimación electoral con rectitud política supone convertir la voluntad en fuente de la justicia y, por tanto, hacer de la soberanía moderna lo que siempre quiso ser: un poder sin superior visible y, finalmente, omnímodo. He aquí el problema. Porque cuando la potestad deja de reconocerse sometida a un orden objetivo, la responsabilidad tiende inevitablemente a degradarse en mera responsabilidad política: una censura parlamentaria, una derrota electoral, acaso una dimisión; es decir, consecuencias mudables, reversibles y casi siempre absorbidas por la propia maquinaria partidista.

Frente a ello, tendría perfecto sentido recuperar, con las debidas garantías jurídicas, un juicio de residencia contemporáneo. No una causa política contra el gobernante vencido, sino un procedimiento ordinario, automático y personal para quienes hubiesen ejercido altas responsabilidades públicas. Concluido el mandato, deberían examinarse la gestión de los caudales confiados, los contratos celebrados bajo su autoridad, los posibles conflictos de intereses, el incremento patrimonial injustificado y aquellas decisiones de las que pudieran derivarse responsabilidades personales. Y durante un período determinado deberían quedar particularmente restringidas las llamadas puertas giratorias: resulta difícil imaginar un símbolo más acabado de la corrupción del officium que el gobernante que transforma inmediatamente en provecho privado el poder público que ayer ejercía. No se trataría de presumir culpable al gobernante. Se trataría de restaurar una verdad elemental, esto es: a mayor potestad, mayor obligación de responder.

Hoy sucede con frecuencia lo contrario. El ciudadano paga sus deudas con su patrimonio; el comerciante puede arruinarse por una mala decisión; un funcionario modesto responde disciplinariamente de una irregularidad. Pero quien dilapida millones de dinero público suele refugiarse en la vaporosa categoría de la «responsabilidad política», expresión que demasiadas veces significa que nadie responderá de nada. Nuestra tradición jurídica sabía que el poder debía dejar huella también sobre quien lo ejercía. Porque mandar no era emanciparse del orden, sino cargar con una obligación mayor dentro de él. En consecuencia, gobernar no puede consistir en ocupar durante unos años un despacho, adoptar decisiones que condicionarán durante décadas la vida de los gobernados y marcharse después a un consejo de administración, una embajada o cualquier otro retiro dorado del poder. Quien ejerce autoridad contrae, qué duda cabe, una deuda.

Por eso convendría recuperar la severa pregunta que encerraba el viejo juicio de residencia. Cuando el poderoso abandone el palacio, antes de que cruce definitivamente su puerta, que alguien pueda obligarlo a detenerse y preguntarle: ¿qué hiciste con el poder que te fue confiado? Tal vez ahí se encuentre también la mejor respuesta al Quis custodiet ipsos custodes? No en fabricar indefinidamente nuevos vigilantes, sino en recordar que por encima del vigilante, del magistrado y del gobernante existe un orden que ninguno de ellos puede inventar y ante el cual todos deben responder. Una política que olvidó esa verdad llamó libertad a la emancipación del poder respecto de todo límite superior. Quizá haya llegado la hora de recordar que el verdadero límite del poder no es otro poder, sino la Justicia.

Miguel López Ortiz

Conferencia: Isabel la Católica – El origen de la Hispanidad

Vuelven las conferencias al Círculo Carlista Virgen de los Reyes y lo hacen, para celebrar la Hispanidad, hablando sobre la figura de la Reina Isabel la Católica y el origen de la Hispanidad.

De ello vendrá a hablarnos D. Jorge Hernández Sánchez, quien ya nos ofreció una brillante charla sobre el Rey San Fernando.

D. Jorge es licenciado en Derecho y Máster en Derecho Nobiliario y Premial Heráldica y Genealogía.

La cita será el próximo viernes 16 de octubre a las 20:00 horas en nuestro Círculo (Calle Aire número 5, de Sevilla) y la entrada es libre hasta completar aforo.

Al finalizar la charla abriremos nuestra cantina. Se ruega puntualidad para la correcta organización.

Entrega de los Premios Hispanidad Capitán Etayo 2026

El próximo sábado, 10 de octubre, la Comunión Tradicionalista Carlista entregará sus Premios Hispanidad Capitán Etayo. En este 2026, los designados son:

  • Guardia Nacional Cristera, en el centenario del alzamiento de los católicos mexicanos.
  • Paloma Hernández (Fortunata y Jacinta) por su labor en defensa de la verdad.

El acto tendrá lugar a las 12 del mediodía en la calle Julián Camarillo, 29 de Madrid. La entrada es libre hasta completar aforo.

A continuación se celebrará una comida para la que es necesario apuntarse llamando al 913994438 o escribiendo a carlistas@carlistas.es

Nota de prensa: El problema de la vivienda no es sólo el alquiler

(02/OCT/26. NOTA DE PRENSA) – Llevamos años hablando de vivienda como si el único problema fuese el precio del alquiler. Se habla de proteger al inquilino. De proteger al propietario. De limitar los alquileres. De subvencionarlos. De construir vivienda pública.

Pero hay una pregunta que apenas aparece: ¿Por qué cada vez resulta más difícil que una familia pueda comprar su propia casa?

Porque, para empezar, el Estado hace extraordinariamente difícil y caro construirla. El suelo está sometido a una maraña de trámites que puede prolongar durante años la transformación de un terreno en suelo realmente disponible para construir. Los ayuntamientos obtienen ingresos de la actividad urbanística y de la propia vivienda. Cuando por fin se construye, aparecen impuestos, tasas, licencias, cargas y costes administrativos que terminan incorporándose al precio. Y cuando la familia consigue finalmente comprar, el Estado vuelve a cobrarle por hacerlo: IVA en la vivienda nueva, ITP en la usada, además de otros impuestos y gastos asociados a la transmisión y a la propiedad.

Pero sería demasiado sencillo echar toda la culpa al Estado. Porque al otro lado tenemos un mercado inmobiliario cada vez más alejado de la función social de la vivienda. La casa puede convertirse en inversión, activo financiero, producto de rentabilidad o simple objeto de especulación. Y cuando la vivienda se contempla exclusivamente desde su rentabilidad, la familia que necesita un hogar acaba compitiendo con quien busca una inversión.

Entre un Estado que regula, grava y encarece y un mercado que puede convertir la vivienda en mercancía, la familia queda en medio. Y mientras discutimos si hay que proteger al propietario o al inquilino, apenas hablamos de lo fundamental: faltan viviendas y se dificulta el acceso a la propiedad.

Además, hemos perdido buena parte de las herramientas sociales que permitían a las familias organizarse para conseguirlas: cooperativas, cajas de ahorro de iniciativa social, mutualidades, y otras formas de iniciativa comunitaria.

No queremos que el Estado se convierta en el gran casero. Pero tampoco creemos que la solución sea dejar a las familias solas ante un mercado inmobiliario que, cuando busca únicamente la máxima rentabilidad económica, termina tratando la vivienda como una mercancía más.

Lo que queremos es algo mucho más sencillo: volver a facilitar que las familias puedan ser propietarias de su casa. Familias que puedan comprar su casa. Cooperativas que puedan construirla. Pequeños propietarios. Ahorro. Iniciativa social. Suelo disponible. Menos burocracia. Menos fiscalidad sobre la vivienda.

Porque el objetivo no debería ser conseguir que una familia pueda pagar un alquiler un poco más barato. El objetivo debería ser que pueda llegar a tener una casa propia.
Ni Estado casero ni vivienda convertida en pura mercancía.

Por una sociedad de propietarios.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista

Crónica del homenaje a D. Carlos de Borbón y Orleans

En la tarde del lunes 28 de septiembre la Junta Regional de la Comunión Tradicionalista Carlista quiso rendir un sencillo homenaje, al día siguiente del 90º aniversario de su muerte, a Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Orleans, cuyos restos reposan en la cripta de la iglesia del Salvador de Sevilla.

Al no ser accesible dicha cripta, la ofrenda se realizó en la capilla sacramental, que está situada justo encima de la misma. El acto consistió en la ofrenda de una corona de laurel y el rezo de una oración. Antes, en el exterior del templo, se recodó su figura y las palabras que el Cardenal Gomá, primado de España, le dedicó:

En esta guerra durísima se ha derramado la sangre del noble y del paisano, vertidas en un mismo sacrificio por los grandes ideales de Dios y Patria. El príncipe don Carlos de Borbón y Orleans dio la suya, viniendo voluntario del extranjero, con la generosa hidalguía de un viejo español, con la devoción y amor de un ferviente católico que ve en peligro su fe, con el honor que correspondía a su vieja estirpe. Descanse en paz el glorioso soldado de España y que viva generaciones la memoria de su heroísmo.

Para ilustrar la figura de Don Carlos y contextualizar con lo sucedido hace 90 años, reproducimos portada y página 12 del diario La Unión, de Sevilla, el 29 de septiembre de 1936, en el que se daba noticia de su muerte.

Homenaje a D. Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Orleans

El próximo lunes realizaremos un sencillo acto -oración y ofrenda floral- de homenaje a Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias y Orleans, que entregó su vida en los tercios de requetés y cuyos restos reposan en la cripta de la iglesia del Salvador.

Por la limitada capacidad del espacio es IMPRESCINDIBLE que comuniquen a contacto@carlismoandaluz.com aquellos que quieran asistir.

Rosario por la Vida en Sevilla, 26 de septiembre

Llegamos a un nuevo último sábado de mes y por ello volvemos a convocar al rezo público del Rosario por la Vida en Sevilla, en desagravio por las leyes contrarias a la vida y dignidad humanas y en rogativa por su total derogación.

La cita será, como de costumbre, el sábado 26 de septiembre a las 12 del mediodía en la Plaza del Triunfo de Sevilla, a los pies del Monumento a la Inmaculada Concepción.

Acude y difunde.

In memoriam: Carmen Barrau de Velasco

Y se nos fue Carmela Barrau -como cariñosamente la hemos conocido siempre en la familia y entre los amigos-. Con su marcha a los ochenta y cuatro años se queda, en silencio, una ausencia imposible de reemplazar.

Mujer de vida sencilla, entregada y coherente. Ella supo vivir con total naturalidad su amor a Dios y su fidelidad a los ideales carlistas de toda la vida, esos que llevó siempre a gala con una cercanía entrañable y sin estridencias.

Fiel testigo de ello fue la boina blanca que acompañó su féretro en su despedida a nuestra Virgen del Valle en la iglesia de la Anunciación.

Carmela llevaba ese espíritu en la sangre, heredera de una saga familiar donde la Tradición es santo y seña. Cómo olvidar cuando recordábamos con orgullo aquel primer Quintillo de 1959, con el que conmemorábamos el Quintillo de 1934 en el que su padre —que mandaba la compañía de ametralladoras— formó parte del primer requeté sevillano, origen que sería del Tercio Virgen de los Reyes.

Ella supo mantener aquella misma llama con una constancia admirable, convirtiéndose así, con los años, en la decana de las margaritas de nuestra ciudad. Jamás fallaba a un Quintillo ni a una Misa de los Mártires; siempre estaba allí, con su presencia afable y su compromiso firme.

Enseñó con el ejemplo cotidiano que el compromiso con nuestros ideales se demuestra en el amor profundo al Dios verdadero, a la Patria y al Rey legítimo.

Se nos ha ido dando un ejemplo a todos de ferviente margarita: abrazando la cruz hasta el último suspiro…sabiendo que nada es en vano.

Ahora, en estos momentos de tristeza y nostalgia, es inevitable repasar mentalmente tantas vivencias compartidas a lo largo de tantos años juntos.

Te vamos a echar mucho de menos, Carmela.

Nos queda el consuelo de haber caminado a tu lado y de saber que tu recuerdo permanecerá siempre vivo.

Ante Dios nunca serás héroe anónimo.

Tu primo Antonio

Resultados PISA: La educación no pertenece al Estado

Los resultados de PISA vuelven a confirmar lo que ya nadie que conozca nuestras aulas puede ignorar: la educación española ha fracasado.

El fracaso se ceba en los aspectos más elementales del saber: enseñar a leer y comprender, escribir, calcular, conocer y razonar. Y, ante cada nuevo fracaso, asistimos al mismo ritual: los partidos se culpan entre sí, defienden sus respectivas leyes y anuncian la próxima reforma, pero todos pecan de lo mismo. Llevamos décadas haciendo lo mismo: Décadas convirtiendo a nuestros hijos en cobayas de un experimento ideológico permanente, movido por una perspectiva economicista y utilitarista marcada por la Unión Europea, donde la persona solo es considerada por su capacidad de consumir y servir al mercado. Tanto la OCDE como la UE piensa en nuestros hijos como capital humano, como un sujeto provisto de capacidades productivas susceptible de inversión, depreciación y rendimiento. Es en este marco que se crean las llamadas competencias, que solo esconden la adecuación entre formación y un mercado laboral que anula a la persona.

La premisa que debe regir toda reforma de la educación es la que marcaba Nuccio Ordine en su obra La utilidad de lo inútil, esto es, la idea de utilidad del saber cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. El valor de cualquier tipo de saber —tanto científico como humanístico— debe coincidir con el saber en sí, independientemente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos.

Aunque el informe PISA acierta en la bajada de los niveles de lectura, matemáticas y ciencias esconde una perversión: bajo el nombre de ciencias evalúa la aplicación de unos pocos esquemas a contextos cotidianos, no la arquitectura conceptual y no somete a prueba conocimientos como Química, Geología, Ciencias de la salud; soslayando además saberes fundamentales para el desarrollo de una conciencia crítica: Filosofía, Historia, Literatura, etc. Es decir, obvia todo lo que no sirve a la concepción de la persona como capital productivo y a un fin utilitarista.

La ausencia de las premisas que valoran el saber en sí es la que hace fracasar cualquier sistema educativo. Cada generación de pedagogos —gurús iluminados que no conocen la realidad del día a día en un aula de primaria o secundaria— presenta consecutivamente diversas teorías para justificar el emprendimiento de unas leyes educativas que buscan anular a la persona en cuanto que persona, anulando su posibilidad de desarrollo. Así, se abandona el conocimiento en favor de competencias, se sospecha del esfuerzo y de la memoria, se debilita la autoridad del docente y se rebaja progresivamente la exigencia. Y cuando los resultados llegan, se rebaja nuevamente el nivel para que el fracaso deje de parecer fracaso, convirtiendo la ignorancia en normalidad. Los que diseñan el sistema educativo actúan ante el fracaso como tahúres que proveen de títulos devaluados que no garantizan el dominio de los saberes necesarios, de diplomas que funcionan como fetiche: promesas de un ascenso que el sistema no puede cumplir para todos.

Además, esto encierra una paradoja, aquellos que para el ciudadano común prescriben unas metodologías absurdas y mantras como aprender a aprender y otros emotivismos, luego llevan a sus hijos a centros de élite donde reciben todo aquello que a los demás niegan: cultura del esfuerzo, profundización en los saberes, etc. De esa forma, se anula una de las premisas del sistema educativo: garantizar la igualdad de oportunidades para todos y ser un verdadero motor de equiparación social que permita la mejora de las condiciones de vida.

La eliminación en los planes educativos de los conocimientos sólidos, de la capacidad de razonamiento y pensamiento crítico convierte a la sociedad en una masa aborregada, vulnerable y expuesta a la manipulación por parte de los que diseñan el sistema educativo. Quieren ciudadanos dóciles, no personas comprometidas con el propio desarrollo y el de su patria que puedan denunciar las carencias de un sistema político y social que, desde hace ya mucho, hace aguas.

Nuestra crítica no se limita a una ley ni a un partido: La educación no pertenece al Estado, sino, primordialmente a la familia. Esta es la primera responsable de la formación de los hijos, que poseen, como recoge la Centesimus Annus de Juan Pablo II, el derecho de vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad, en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona. La familia nunca ha ejercido esta responsabilidad en soledad: históricamente se ha apoyado en educadores, comunidades e instituciones que participaban de una tradición cultural y moral fundada en una concepción objetiva de la Verdad y del Bien.

La familia debe tener garantizada la libertad de acceso de sus hijos a un sistema que los provea de las herramientas que le permitan ejercer eficientemente su derecho de acceso al saber y a su desarrollo integral como persona. El ejercicio de dicha libertad, que no debe ser conculcada por el Estado, tiene sentido siempre que está ordenada a la Verdad y al Bien.

Rechazamos esa imposición de una burocracia estatal a todas las familias de una determinada concepción del hombre y de la educación, que está abocada a una uniformización mediante la anulación del individuo y su posibilidad de desarrollo como persona. No queremos otra ley que cambie con cada Gobierno. Queremos recuperar el conocimiento, el esfuerzo, la autoridad del docente y la responsabilidad de la familia.

Porque el desastre educativo no se solucionará entregando el laboratorio a otro partido. Se solucionará cuando dejemos de aceptar que la educación pertenece al Estado y a los fines mercantilistas y espurios que atentan contra la dignidad de la persona.

Francisco de la Puente Herrera.
Profesor de Secundaria.

Comunicado sobre los resultados del Informe PISA

Comunicado de la Junta Regional de la Comunión Tradicionalista Carlista en Andalucía Occidental. Descargar en pdf.

LA EDUCACIÓN NO PERTENECE AL ESTADO

10/06/2026 – Comunicado – CTC Andalucía

Los resultados de PISA vuelven a confirmar lo que ya nadie que conozca nuestras aulas puede ignorar: la educación española está fracasando.

Fracasa en aquello que debería ser elemental: enseñar a leer y comprender, escribir, calcular, conocer y razonar. Y, ante cada nuevo fracaso, asistimos al mismo ritual: los partidos se culpan entre sí, defienden sus respectivas leyes y anuncian la próxima reforma. Llevamos décadas haciendo lo mismo: décadas convirtiendo a nuestros hijos en cobayas de un experimento ideológico permanente.

Cada Gobierno modifica los planes de estudio. Cada generación de pedagogos presenta su nueva teoría. Se abandona el conocimiento en favor de competencias, se sospecha del esfuerzo y de la memoria, se debilita la autoridad del docente y se rebaja progresivamente la exigencia mientras se imponen criterios cada vez más economicistas y utilitaristas, que clasifican a la persona por su capacidad de producir, consumir y servir al mercado, olvidando su dignidad y su verdadera vocación. Y cuando los resultados llegan, se rebaja nuevamente el nivel para que el fracaso deje de parecer fracaso, convirtiendo la ignorancia en normalidad.

Y no es casualidad: una sociedad sin conocimientos sólidos y sin capacidad de razonamiento será aún más vulnerable a la manipulación que conviene a los mismos que diseñan el sistema educativo.

Nuestra crítica no se limita a una ley ni a un partido: la educación no pertenece al Estado.

Corresponde primordialmente a la familia, primera responsable de la formación de los hijos. Y la familia nunca ha ejercido esta responsabilidad en soledad: históricamente se ha apoyado en maestros, comunidades e instituciones que participaban de una tradición cultural y moral fundada en una concepción objetiva de la Verdad y del Bien. Una educación exigente y accesible es, además, una de las verdaderas herramientas de justicia social, facilitando la igualdad de oportunidades, la mejora de las condiciones de vida y la verdadera promoción de la persona.

Por eso tampoco confundimos libertad con indiferencia. La libertad no es licencia: sólo tiene sentido cuando está ordenada a la Verdad, al Bien y a la dignidad de la persona.

Rechazamos que una burocracia estatal pueda imponer a todas las familias una determinada concepción del hombre y de la educación. No queremos otra ley que cambie con cada Gobierno. Queremos recuperar el conocimiento, el esfuerzo, la autoridad del maestro y la responsabilidad de la familia.

Porque el desastre educativo no se solucionará entregando el laboratorio a otro partido. Se solucionará cuando dejemos de aceptar que la educación pertenece al Estado.

Junta Regional de la Comunión Tradicionalista Carlista en Andalucía Occidental.
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