Desde que el nacimiento del liberalismo como forma “democrática” de lucha contra los absolutismos imperantes en la vieja Europa acabara con las formas propias de hacer política de cada nación, todas ellas volvieron su mirada a esa nueva panacea de forma de ejercer el poder político. Para ello, gran parte de los intelectuales de la época se sirvieron de la profunda incultura y el analfabetismo de un populacho ávido de modernidades y, en algunos casos (es el caso de la Francia revolucionaria), cansados de un modo de vida donde el Despotismo Ilustrado había relegado al ostracismo a la propia voluntad popular. Era aquello de “todo por el pueblo pero sin el pueblo”.
Alimentados de ese veneno revolucionario donde se exaltaba el individualismo del hombre sobre el bien común de la sociedad, los llamados “representantes del pueblo” comenzaron a ejercer un tipo de poder político que, poco a poco, se fue alejando del propio sentir público. Con el disfraz de la soberanía popular, de la defensa de las libertades y de los derechos individuales de pensamiento, conciencia y asociación, de la división de poderes, de la libertad de prensa y opinión y de la ordenación del régimen político mediante una Constitución que encarnase a la soberanía nacional; el propio pueblo se fue auto sometiendo a un modo de ejercer la política donde el más mínimo atisbo de caridad comenzó a brillar por su ausencia. Sigue leyendo
Oí decir en cierta ocasión que el correcto ejercicio de la actividad política es, desde el punto de vista cristiano, una obra de caridad. Aquello que en un principio me desconcertó, (a primera vista no entendí qué tenía que ver una cosa con la otra), con el paso del tiempo se fue consolidando hasta llegar a ser una premisa fundamental y básica en mi modo de entender la política.
En esta Torre de Babel libertaria que es Europa desde que dejó de llamarse Europa para pasar a llamarse Unión Europea, nos encontramos con que, como dijo en su día Alfonso Guerra, “el que se mueve no sale en la foto”. Quiero decir con ello que el formar parte de esa Unión Europea, (que de verdadera unión tiene lo que yo de liberal…), conlleva el pago de un precio y un moderno vasallaje de cada país con respecto a la moderna entidad globalizante. Este vasallaje lleva a los países integrantes, (por lo menos a España, que si fuéramos franceses ó alemanes, otro gallo cantaría), a la renuncia expresa de gran parte de sus tradiciones, de su sistema económico, de su producción agraria, de su modo de vida y de sus costumbres. Dentro de todo eso, como es lógico, la Religión no se libra de la quema… Todo en Europa se ha convertido en una auténtica mescolanza amorfa alimentada por unos ideales abstractos y ajenos a cada país en la que, o te zambulles de lleno, ó dejas de ser “europeo”. Como es lógico en esta asquerosa época en que vivimos, todos los países se han arrojado de bruces y sin red en esta pestilente piscina por temor a quedarse “fuera de Europa”.
El 12 de junio del 2011 nos dejó el amigo “Manolo”. Letrado, maestro, poeta, historiador y folclorista argentino de sangre asturiana y gallega, de poncho negro y boina roja.
De todos es conocido que la Misericordia de Dios es infinita. Que Dios, en Su infinita Bondad perdona siempre a quienes acuden a Él arrepentidos y deseosos de redimir sus faltas y pecados. También, por otra parte, es conocido que muchos de los mayores tiranos, asesinos y delincuentes que a lo largo de sus vidas cometieron las mayores fechorías y barrabasadas, cuando llega la hora de la muerte suelen mirar hacia arriba esperando el perdón Divino en un gesto de desesperación y de arrepentimiento ante la cercanía de un infierno que, ahora sí, ven cada vez más cercano.
El pasado mes de Mayo, el “desgobierno de España” aprobó el anteproyecto de la que se dio en llamar “Ley de Cuidados Paliativos y de Muerte Digna”, que introduce una puerta abierta a la eutanasia al contemplar el derecho a la sedación terminal, la posibilidad de retirar cuidados básicos (como por ejemplo la alimentación ó la hidratación) ó el poder del médico para retirar soportes vitales. A propuesta de la Organización Médica Colegial, parece ser que la ley se llamará finalmente “Ley de Cuidados Paliativos y de Calidad en la Atención al final de la Vida”, reiterándose así el uso y abuso de eufemismos tan característicos del sistema liberal.
“Que no te engañen. No importa izquierdas o derechas, lo importante es la persona”. Oí esta proclama, a modo de grito desesperado por echar a un alcalde, en el municipio sevillano de Los Palacios durante la reciente campaña electoral. Los altavoces de la furgoneta del partido opositor gritaban algo que debería resultar obvio, pero que a estas alturas de la película democrática ya no se cree nadie.