Que la Iglesia Católica condene el Liberalismo y todas sus secuelas no quiere decir que, de igual forma, condene a la política y a los encargados de ejercer el poder político. Generalmente, cuando la Iglesia, mediante su Magisterio, opina sobre cuestiones de índole social siempre se la suele acusar de “inmiscuirse en cuestiones políticas” cuando la realidad es precisamente la contraria. Son los propios ejercientes del poder político quienes se inmiscuyen en cuestiones de índole moral para legislar y legalizar cuestiones completamente amorales e inmorales. De ahí que no todo lo legal tenga que ser necesariamente moral.
Si, como decíamos en la primera parte de este artículo, la política es aquella actividad humana que tiende a gobernar en beneficio de toda la sociedad buscando para ello el bien común de la misma como expresión del amor del hombre con sus semejantes correspondiendo así al Amor Divino; es claro que el correcto ejercicio de la política conlleva unas dosis de Caridad que deben ser inherentes a la propia política. La ausencia de Caridad en la política liberal es precisamente el factor que lleva a los liberales a condenar a la Iglesia Católica cuando ésta ejerce su Magisterio al opinar sobre las cuestiones sociales. Y eso es lo que les duele porque, si bien necesitan de esas dosis de caridad, son incapaces de encontrarla dentro de su propio pensamiento. Sigue leyendo
Ese liberalismo de Rousseau, de Madame Staël, de Montesquieu, de Cavour e incluso de Robespierre es el mismo que el de Marx y de Hegel. El mismo de Lenin y de Stalin. El mismo de Cánovas y Sagasta. El de Churchill y Margaret Thatcher. El de Felipe González, Zapatero y Rubalcaba. El mismo de Suárez, Fraga, Aznar y Rajoy… Todos, absolutamente todos, se mueven como peces en el agua en esa corriente liberaloide que nació en los más sórdidos salones y logias de la masonería y que, con mayor ó menor virulencia tomó las calles del continente europeo al grito de ¡libertad!. Un modo de ejercer la política cuya forma ideal de gobierno es la República en los Estados pequeños y la Monarquía parlamentaria en los más grandes, que ya desde sus inicios mantuvo una sistemática persecución del Cristianismo y, en especial, de la Iglesia Católica con sus instituciones con una frívola desconsideración e incluso una imitación burlesca del orden moral divino.
De todos es conocido que la Misericordia de Dios es infinita. Que Dios, en Su infinita Bondad perdona siempre a quienes acuden a Él arrepentidos y deseosos de redimir sus faltas y pecados. También, por otra parte, es conocido que muchos de los mayores tiranos, asesinos y delincuentes que a lo largo de sus vidas cometieron las mayores fechorías y barrabasadas, cuando llega la hora de la muerte suelen mirar hacia arriba esperando el perdón Divino en un gesto de desesperación y de arrepentimiento ante la cercanía de un infierno que, ahora sí, ven cada vez más cercano.