Ante la corrupción del régimen

Los continuos escándalos de corrupción que sacuden la vida pública española no constituyen ninguna anomalía ni motivo de sorpresa. Son, por el contrario, una consecuencia lógica de un sistema político basado en la partitocracia liberal, en la lucha permanente por el poder y en la subordinación del bien común a intereses ideológicos, económicos y electorales.

Mientras unos partidos fingen escandalizarse por las corrupciones ajenas y otros buscan excusas para las propias, el pueblo español contempla una vez más el triste espectáculo de una alternancia que cambia los rostros y las siglas, pero mantiene intactos los mismos vicios estructurales. La corrupción no aparece contra el sistema: nace del propio sistema.

La partitocracia necesita del enfrentamiento continuo, de la propaganda, del clientelismo y de la ocupación de las instituciones para sobrevivir. Convierte la política en una lucha de bandos y al pueblo en una masa de hinchas dispuestos a justificar los abusos de los suyos mientras denuncian los del adversario. Y así, entre escándalos, pactos y relevos, continúa girando el mismo tiovivo decadente.

Los carlistas rechazamos la idea de que esta degradación sea inevitable. Ni creemos que el hombre sea bueno por naturaleza y la sociedad quien lo corrompe, ni que el hombre es siempre un lobo para el hombre. Sabemos perfectamente que somos la criatura más preciosa de la Creación pero que tenemos una naturaleza caída por el pecado que nos obliga a poner coto a posibles abusos. España conoció durante siglos formas políticas más sanas, más responsables y más cercanas al pueblo real que el actual régimen de partidos. La Tradición política española supo establecer límites al poder y mecanismos eficaces de responsabilidad pública allí donde hoy sólo existe impunidad protegida por estructuras partidistas.

Frente a la corrupción institucionalizada, seguimos reivindicando principios tradicionales de gobierno y control político como el juicio de residencia, mediante el cual todo cargo público debía responder de su gestión y de su enriquecimiento antes y después de ejercer sus responsabilidades. Quien administra bienes públicos debe rendir cuentas al bien común y no servirse de él para su beneficio personal o partidista.

La regeneración de España no vendrá de quienes han construido y sostenido este régimen, ni de reformas cosméticas destinadas únicamente a restaurar la confianza en unas estructuras agotadas. Sólo la recuperación de una concepción política fundada en la verdad, la justicia, la responsabilidad y el orden social cristiano podrá devolver dignidad a la vida pública española.

Dios, Patria, Fueros y Rey.

Junta Regional de Andalucía Occidental de la Comunión Tradicionalista Carlista.

Nota de Prensa – Un sistema corrupto

NOTA DE PRENSA DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA CARLISTA

UN SISTEMA CORRUPTO

(10/6/25. NOTA DE PRENSA) – Pedro Sánchez puede manipular las instituciones a su antojo y ponerlas al servicio de los enemigos de España porque un día fue presentado por la propaganda como la honradez personificada que venía para poner fin a la corrupción de los otros. Ahora, siete años después, en un previsible movimiento pendular, es Sánchez (y su familia) quien se ha convertido en el blanco de todas las críticas, como si fuera nuestro único problema. El mismo cuento de siempre con distintos personajes.

El sistema de la dictadura partitocrática que padecemos, tal como fue diseñado en la Transición, funciona de esta manera: la propaganda oculta la historia de los hechos recientes; cada noticia tapa la del escándalo anterior; los fanáticos de cada partido son programados para dolerse solamente de las corruptelas de sus adversarios. De esta forma la corrupción se perpetúa porque si todos son corruptos al final nadie es corrupto. La corrupción se enquista y se institucionaliza.

Los carlistas, llevamos casi 200 años señalando los males del sistema liberal y la trampa del partidismo. Un sistema que nació para aniquilar a la verdadera España utilizando la mentira como herramienta destructiva. La corrupción en España no es una anomalía de Sánchez, no es cosa de la actual mafia socialista, no es una característica exclusiva ni del PP ni del PSOE. Es la gasolina que necesita el sistema para seguir funcionando. Para disponer de una casta obediente a los siniestros dictados globalistas; para mantener un entramado de chiringuitos y de estómagos agradecidos; para secuestrar con un relato propagandístico sesgado la voluntad de millones de votantes cuya conclusión práctica es: “sí, son corruptos, pero son nuestros corruptos”.

Siempre ha habido corrupción, personas que enfrentadas a la ocasión propicia han sucumbido a la tentación del dinero fácil o de una vida cómoda. Sería importante recuperar instituciones clásicas de nuestra tradición política como el juicio de residencia o el mandato imperativo. El problema de la modernidad, el que generaron las revoluciones liberales, es sin embargo más profundo porque al desligar la economía de la moral justificaron e institucionalizaron el engaño, el abuso al débil y el robo. Además, por encima de los casos individuales, los partidos políticos, por su propia estructura, se han convertido a menudo en auténticas bandas más preocupadas por defender a los suyos que al bien común.

La lucha contra la corrupción de los poderosos no puede pues limitarse a perseguir las últimas consecuencias, los últimos escándalos. Ha de ser una lucha constante y estar dirigida a combatir las raíces mismas del problema:

  • Es preciso limitar el poder excesivo del estado; hacer que la política vuelva a ocuparse de lo suyo y liberar a los cuerpos sociales naturales de las garras de una administración desmesurada.
  • Hay que eliminar la misma idea de partido político. Los partidos podrían constituirse de forma coyuntural en torno a asuntos puntuales y opinables, pero no para dividir de forma institucionalizada la vida política.
  • Hay que devolver a los tribunales su independencia para que en nombre del rey (legítimo) y al servicio de la Justicia puedan someter a todos a la ley.
  • Por último, cualquier esfuerzo será inútil si no viene acompañado de una regeneración moral de España. Una vuelta a nuestras raíces católicas que son las únicas que, en última instancia, pueden ayudar al establecimiento de un buen gobierno.

Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista