Agresiones y revolución sexual

Me bastaré de dos hechos recientes como marco situacional: la reciente detención del acusado de agresión ‘el chicle’ y la detención de ocho individuos en el fin de año alemán. En primer lugar, la detención del Chicle ha causado un sorprendente efecto sorpresivo en la sociedad, a pesar de que la aparición de un agresor en serie de mujeres en los tiempos que corren constituye un acto tristemente cotidiano. En el caso de los detenidos alemanes, me temo que es lo ordinario en agrupaciones masificadas donde la sobriedad brilla por su ausencia.

Como marco conceptual, nos dirigiremos a Francia, a mayo de 1968. Este desastroso acontecimiento conforma la última de las revoluciones que el mundo ha sufrido. Frente a las revoluciones anteriores (protestante, liberal y marxista), la revolución del 68 es una revolución a nivel personal y no colectivo. Toma el falso concepto de libertad de las anteriores (asimilándolo con la liberación), pero en este caso lo aplica a la propia persona y ataca de forma patente a la naturaleza humana. El resultado de esta mezcolanza de errores es: Yo con mi cuerpo hago lo que quiero.

Una vez que nos hemos colocado situacional y conceptualmente, procederemos a analizar el problema en sí. Tras 1968, vivimos la conocida Revolución Sexual, que cuenta ahora con el respaldo de todos los gobiernos liberales del mundo. Podemos percatarnos rápidamente de los mecanismos que el liberalismo está usando para reforzar los cimientos de la revolución sexual para garantizar su permanencia: leyes de persecución contra disidentes contra el colectivo LGTB, adoctrinamiento en las aulas, reparto de métodos anticonceptivos, aborto libre…

Todos los desafortunados hechos que hemos descrito en el primer párrafo no son más que los rugidos de un pequeño monstruo al cual le están saliendo los dientes, y por tanto ruge de dolor. A este monstruo todavía no le han salido los dientes, ni las garras… Es decir, el problema va a ir a muchísimo más. El afamado psicólogo José Cabrera califica a estos delincuentes como seres primitivos, y así son y los están criando. Puesto que los propio del animal es obedecer a su instinto y carece de la capacidad de negarse a uno mismo, hoy en las aulas se están animalizando a los niños. Se les anima a hacer en cuestión sexual (y no sólo) lo que les apetezca, a no decirse que no, a prácticas con sus compañeros y compañeras aberrantes, a experimentar todo lo posible sexualmente.

Ahora estamos viendo los frutos, estos hombres que se han animalizado ya no saben decirse que no, y por ello les bastará una copa y una niña guapa para realizar sus aberrantes actividades. Ya estoy harto de poner velitas, peluches y fotitos mientras que este problema no se corte de raíz; ya basta de recoger frutos podridos mientras el árbol sigue en pie. El camino de resolución de esta lacra es dar marcha atrás, y convertir a los hombres en hombres.

Traditio Bellator

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