Otra plaza que cae

El martes seis de julio proclamó el Ayuntamiento de Sevilla que el sodomita Zerolo tendrá ya una plaza en la Alameda de Hércules. Argumentan que ahora que estamos celebrando la diversidad sexual era el momento de un homenaje a un hombre que tanto ha luchado por la igualdad y los derechos del colectivo LGTBI.

otra plaza

‘Tenemos’ que soportar que este personaje tenga una plaza en Madrid, arrebatada a Juan Vázquez de Mella. La mera comparación de estos dos hombres es ya un insulto a la recta razón. Comparar al Chesterton español, filósofo, teólogo, y descomunal pensador con Zerolo es una comparación que ofende al sentido común. Pero, ¿qué se puede esperar de una ciudad como Madrid? Que ha pasado a ser capital de los Austrias, Christianitas minor, como la llamaría Elías de Tejada a un nido de corrupción y vicio, donde el pecado es ya no sólo tolerable, sino legal.

Ahora nos toca el turno a los andaluces. Y es que esto de copiar las miserias al vecino nos viene a los españoles de lejos (nos pasó con Napoleón en el s. XIX, con Stalin en los años treinta, y con el neoliberalismo en el 75). Una vez más, somos el colector de los fallos ajenos. Y así Sevilla, liberada del yugo del infiel en el siglo XIII, modelo de purificación de la fe católica en el siglo XV y custodia de las más bellas tradiciones populares, ha caído en el irenismo.

Y es que esta corriente filosófica (búsqueda de la ‘paz’ a cualquier precio) está cada vez más metida en la ciudad hispalense. Queremos combinar al Señor del Gran Poder con la semana del Orgullo Gay, la Macarena con las familias mafiosas del PSOE. Pues recordemos las condenas tan fulminantes de Pío XII a esta corriente. Que seamos los católicos, por motivos de conciencia, los que lleguemos a la rebeldía legítima.

Basta de engaños, denunciemos las contradicciones de nuestras autoridades. O con el Gran Poder o con los sodomitas, o con Nuestra Señora o votar a las mafias socialistas andaluzas. No tratemos de buscar paz aparente. Porque lo que no podemos hacer es sacrificar la verdad en el altar de la libertad.

Un católico perplejo.

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