El caballero andaluz

A Dios gracias que pasó el 28 de febrero, día que me trae de cabeza desde la más tierna infancia, cuando me obligaban en el colegio a hacer un pseudodesfile con aquellas banderitas islamófilas. Nunca me he sentido a gusto con esa artificiosa imposición. No ha sido la Andalucía que yo he visto tan bien reflejada en su gente, como por ejemplo en dos arquetipos de caballeros que un tuvo la suerte de conocer -entre tantos otros que no se me enfaden-; a dos que para más señas, eran carlistas: Aurelio Barrau y Domingo Fal-Conde. ¡Qué buen recuerdo tengo de ambos! Ejemplos de gente noble, dispuesta, diligente, comprometida, animosa, alegre. Y sin embargo, ni Domingo ni Aurelio tuvieron infancias fáciles, sabiendo, como se decía en el Requeté, que se ganó la guerra pero se perdió la paz.

Aurelio y Domingo representan dos arquetipos clarísimos de la Andalucía auténtica frente a la pseudo-Andalucía islamizante de Blas Infante, aquel notario de ideas contradictorias y extrañas que no sabía de Historia, y que basándose en el odio al Reino Visigodo de Toledo y a la Corona de Castilla, construyó un mejunje sin saber distinguir Andalucía (en puridad, los reinos de Sevilla, Córdoba y Jaén, forjados por Fernando III el Santo), de Alándalus, a la sazón, todo territorio musulmán ibérico. Tan Alándalus podía ser Madrid como Valencia o Cádiz, y de hecho, los moriscos expulsados en el siglo XVII, muchos de Aragón y Valencia, se seguían llamando “andalusíes”. Pero al fin y al cabo, Blas Infante, como todo nacionalista, se basaba en imposturas y elucubraciones, que no en la historia o en la tradición. No por nada, aparte de admirar al sanguinario Almanzor, era amigo del antiandaluz Castelao (tan antiandaluz como Sabino Arana y todos los separatismos antiespañoles, que la toman especialmente contra nosotros) y, hablando ambos en contra de la Reconquista, Infante tenía especial interés en quitar a Santiago el patronazgo de las Españas. No contento con eso, también era un visceral antitaurino (1) que criticaba a los cordobeses por no saberse todos los califas y sin embargo, sí saberse los nombres de los toreros. ¿Qué costumbres andaluzas, incluso las más estereotipadas, proceden del islam? ¿El vino? ¿El jamón ibérico? ¿Los galgos? ¿Los toros? ¿La cerveza? ¿Los mariscos? ¿Y la imaginería? ¿Cuándo se ha visto a un andaluz iconoclasta?A Blas Infante no le gustaban en verdad las costumbres andaluzas: Él quería una Andalucía a imagen y semejanza de su indigestión mental, y para ello, hasta renegó de su apellido Pérez de Vargas, descendencia directa de la Reconquista.

El tema es que no es que no haya quedado ninguna influencia de época andalusí; ahora bien, de ahí a que tenemos un hecho diferencial sobre el resto de las Españas porque somos moros, pues no. Porque eso es ignorar que Andalucía no se entiende sin la unión de los reinos de Castilla y León llevada a cabo por el Rey Santo, y sin la consiguiente repoblación.

Observemos, asimismo, cómo los que más hablan de “arabismo” a su medida ideológica, ignoran a los mozárabes, los nativos de esta tierra que fueron perseguidos por los invasores orientales y africanos, y que se vieron obligados a desplazarse a las tierras del norte, ayudando a forjar los incipientes reinos herederos de la victoria de Covadonga. El tema del “exotismo moro” está en boga desde el siglo XIX como reclamo turístico-romántico y ha llegado más lejos de lo que se piensa. Y esto no es “inocente”, porque lo que subyace tras este tópico es “hay que ver lo mala que fue la atrasada e intolerante Castilla cristiana que nos privó de una morisma tan limpia y tan culta”. Tómelo a broma el que lo desee, pero por todos los confines de la tierra ha ido calando este apartado más de la leyenda negra. Como emigrante en Sudamérica, doy fe de ello.

Con todo, el problema es que el andalucismo, siempre impopular, no ha tenido una contraparte afirmativa. Lo hemos negado, pero siempre que se ha escrito sobre la identidad andaluza, o se ha hecho desde fuera o no se ha sabido salir de las negaciones. Hay quien llega a decir “Andalucía no existe, somos Castilla”. Y eso sería tan realista como que un vascongado, un gallego o un asturiano se declare “castellano”. Que fuimos parte de la Corona de Castilla, sí y a mucha honra. Pero no somos la región geográfico/cultural de Castilla la Vieja, ni la repoblación de Andalucía fue exclusivamente castellana. Del Aljarafe a la Vega, sin ir muy lejos, si bien es cierto que en Bollullos de la Mitación contó mucho la repoblación castellana y gallega, Coria del Río y Camas fueron repobladas por catalanes. Tenemos que ubicarnos en nuestra sureña realidad, y si algún ejemplo puede inspirarnos, es el hispanismo que se está desarrollando en Cataluña al alimón del correligionario Javier Barraycoa. Hace falta escribir sobre la Andalucía hispánica, la real, la Andalucía cuyo padre de la patria es Fernando III el Santo; la Andalucía de Aurelio Barrau, Domingo Fal-Conde y tantos otros andaluces de verdad. A ver si algún día la inspiración y el tiempo se conjuntan para un servidor. Porque así como Manuel García Morente encontró en el caballero cristiano el ideal de la Hispanidad, ojalá encuentre un servidor a través de personalidades como Aurelio y Domingo el ideal para describir y reivindicar al caballero andaluz, pero al de verdad, frente a las falsedades impuestas a golpe de oligarquía corrupta.

Antonio Moreno Ruiz

NOTA:
(1) Sobre el antitaurinismo y la crítica a los cordobeses de Blas Infante Pérez de Vargas, acudimos a la hemeroteca: “(tauromaquia) aberración, vergüenza y baldón de un país civilizado”.

Para que luego le pongan su bandera (que no es la de Andalucía) a algunas plazas…

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1 respuesta a "El caballero andaluz"

  • inma dice:
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