Política y caridad (II)

Desde que el nacimiento del liberalismo como forma “democrática” de lucha contra los absolutismos imperantes en la vieja Europa acabara con las formas propias de hacer política de cada nación, todas ellas volvieron su mirada a esa nueva panacea de forma de ejercer el poder político. Para ello, gran parte de los intelectuales de la época se sirvieron de la profunda incultura y el analfabetismo de un populacho ávido de modernidades y, en algunos casos (es el caso de la Francia revolucionaria), cansados de un modo de vida donde el Despotismo Ilustrado había relegado al ostracismo a la propia voluntad popular. Era aquello de “todo por el pueblo pero sin el pueblo”.

            Alimentados de ese veneno revolucionario donde se exaltaba el individualismo del hombre sobre el bien común de la sociedad, los llamados “representantes del pueblo” comenzaron a ejercer un tipo de poder político que, poco a poco, se fue alejando del propio sentir público. Con el disfraz de la soberanía popular, de la defensa de las libertades y de los derechos individuales de pensamiento, conciencia y asociación, de la división de poderes, de la libertad de prensa y opinión y de la ordenación del régimen político mediante una Constitución que encarnase a la soberanía nacional; el propio pueblo se fue auto sometiendo a un modo de ejercer la política donde el más mínimo atisbo de caridad comenzó a brillar por su ausencia.

            El mal ejercicio de la política por parte de muchos reyes de antaño, había puesto en bandeja a la masonería la maquinaria suficiente y necesaria para envenenar al pueblo con las ideas libertarias que en nada beneficiaban al propio pueblo. Para ello, y al amparo de eufemismos de toda índole, se dio modo y traza de inculcar en las volubles mentes de la masa toda clase de “derechos” habidos y por haber, creados y por crear e inventados y por inventar. El principio de igualdad social giró sobre sí mismo. Si el principio de la caridad cristiana nos hace a todos iguales a los ojos de Dios, el principio de la igualdad socio-político-masónica nos hizo a todos iguales a la hora de ejercer la actividad política. Esto llevó a que una auténtica legión de patanes pudiese elegir democráticamente a otro patán para que gobernase a dicha legión y, por añadidura, al resto del pueblo sin que éste pudiese hacer nada pacíficamente para impedirlo. Tan es así, que en numerosísimas ocasiones la avalancha revolucionaria asaltó el poder político de manera violenta derrocando a las bravas los antiguos sistemas de gobierno. Curioso modo de ejercer la democracia…

            Este es el origen de la política de partidos: La tergiversación de la caridad ó la caridad mal aplicada a la política en beneficio de pocos para el mal gobierno de otros muchos. La prostitución del amor en el ejercicio de la política lleva a la aparición de un sistema de ejercicio del poder político donde la disgregación, la separación de ideales, la aparición de ideologías y la confrontación de posturas son las que marcan el paso en la manera de gobernar. La propia palabra PARTIDO implica una ruptura, una separación, una rivalidad, una confrontación, una victoria y una derrota. ¿Cómo es posible ejercer la política de una forma honesta, real, verdadera y activa cuando la premisa para ejercerla es la victoria sobre un adversario?. ¿Es que acaso el adversario admite su derrota sin más y contribuye al ejercicio del poder político por parte del vencedor?. Todos sabemos que no. De hecho, al perdedor se le cataloga como “oposición”; es decir, la negativa frontal al modo de gobierno de quien ostenta el poder. Esto, consecuentemente, lleva al fomento de las envidias y las inquinas, al abuso de poder cuando se ostenta éste, a las zancadillas políticas, al cohecho, a la prevaricación y a un modo de absolutismo aún más feroz y despiadado que el sufrido en épocas anteriores. En definitiva; no existe lugar para la Caridad en la “democracia moderna al estilo occidental” de la que hablábamos en la primera parte de este artículo.

            Atrás quedaron los sistemas de gobierno tradicionales. Atrás quedaron las Monarquías con mayúsculas limitadas por Dios por encima y por el pueblo por abajo, los sentimientos y los orgullos patrios, los juicios de residencia, la representación real de todos los estamentos, los fueros y la costumbre de cada región y de cada país. Atrás quedó el honor y la honestidad, la legitimidad, la hombría de bien al gobernar, la búsqueda verdadera del bien común y el amor al prójimo aplicado a la política a la hora de ejercer del poder. Atrás quedó la Caridad a la hora de ejercer la política y, por ende, atrás quedó también la presencia de Dios en quienes ostentan el poder político. Por eso, entre otras cosas, es por lo que la Iglesia Católica condena al Liberalismo. Porque, a través de él, el hombre se emancipa parcial ó totalmente del orden sobrenatural, moral y divino y de cualquier clase de autoridad derivada de Dios relegando a la religión al dominio privado de la conciencia individual de cada uno. Porque el Liberalismo supone poner en práctica una absoluta autonomía de cada hombre en todo tipo de actividades humanas y una concentración de toda autoridad pública en una “soberanía del pueblo” que no es tal. Porque los principios liberales están basados sobre una noción errada de la libertad humana y son siempre contradictorios e indefinidos en sí mismos, siendo imposible su práctica. Porque el Liberalismo busca, en todo momento, la técnica de dirigir a la opinión pública y el aprovechamiento de ésta en el momento preciso en beneficio de una casta que casi siempre está alejada de la realidad del pueblo y porque el modo de ejercer el poder político según el sistema liberal es contradictorio e incompatible con el ejercicio de la Caridad cristiana en el correcto ejercicio de la política.

(Sigue…)

Manuel Nieto de Nevares

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