Política y caridad (I)

Oí decir en cierta ocasión que el correcto ejercicio de la actividad política es, desde el punto de vista cristiano, una obra de caridad. Aquello que en un principio me desconcertó, (a primera vista no entendí qué tenía que ver una cosa con la otra), con el paso del tiempo se fue consolidando hasta llegar a ser una premisa fundamental y básica en mi modo de entender la política.

            Si partimos de la premisa de que la Caridad, como virtud teologal, es la viva expresión del amor del hombre para con sus semejantes como respuesta al Amor Divino, llegamos a la conclusión de que los cristianos tenemos la obligación de poner el amor en el centro de nuestras vidas. No es posible, por tanto, el ejercicio de la Caridad ni la vivencia del amor en un ámbito individualizado donde el hombre se auto contemple su propio ombligo. El Amor requiere un compromiso personal que demanda una entrega generosa tendente a paliar ó incluso a resolver las carencias del destinatario de nuestra caridad sin aguardar contraprestación alguna.

            Si, paralelamente, entendemos el término Política, (del griego politikós: relativo al ordenamiento de la ciudad), como aquella actividad humana que tiende a gobernar ó dirigir la acción del poder establecido en beneficio de toda la sociedad, es lógico pensar que ese beneficio implica la búsqueda del bien común de la sociedad gobernada. Es un proceso, por tanto, orientado ideológicamente por una minoría hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de la totalidad. Ya en la antigua Grecia, Aristóteles definía al ser humano como un animal político porque política es, en definitiva, todo lo que rodea al hombre en la búsqueda del bien común de la sociedad en la que habita.

            El problema nace cuando se mezcla el concepto de “política” con el de “poder político”. Mientras que la política es algo que está virgen de intereses individuales, el poder político es el epicentro de esos intereses. Mientras que la política es el ejercicio de una actividad de renuncia propia en bien de la comunidad, el poder político es la ostentación viciada de esa actividad que, generalmente, deriva en la corrupción relegando el bien común a segundo plano y anteponiendo el bien propio por encima de todo.    Ambos conceptos, política y poder político, existen y conviven desde que en el Neolítico el hombre empezó a organizarse de manera jerarquizada. Desde entonces han sido muchas las formas de ejercer la política y muchos, consecuentemente, los modos de ejercer el poder político. Generalmente, el modo de ejercer el poder político ha venido a prostituir la forma de ejercer la política. Son los casos del totalitarismo, el capitalismo, el socialismo y el liberalismo.

            En la época actual, tras la Revolución Francesa y la aparición de los Estados Unidos de América como nación, se nos quiere dar a entender, (precisamente desde el poder político), que los límites entre las formas de política y los modos de poder político confluyen en un mismo punto diríase que mágico, ideal y perfecto. Es lo que hoy entendemos por democracia. Pero, ¡ojo!, no una democracia cualquiera, sino una “democracia moderna al estilo occidental”.

            Esta nueva “democracia moderna al estilo occidental” no es más que una forma sibilina de adulterar el concepto de política tras la apariencia de que el pueblo es quien verdaderamente rige su presente y su futuro, cuando en realidad es de nuevo otro estilo de poder político quien maneja al pueblo a su antojo sin que él se dé cuenta y con su expreso consentimiento. Esta “democracia moderna al estilo occidental” es una forma de ostentar el poder político concebida y ejercida de manera ajena al pueblo, pero necesitada del propio pueblo para su subsistencia. Desde el poder político se intenta convencer al pueblo a diario y desde todos los medios de comunicación habidos y por haber, de las excelencias de esta forma de hacer política, de la necesidad de su subsistencia y de la conveniencia de estigmatizar a todo aquél que difiera de ella cuando en realidad los políticos demócratas modernos al estilo occidental no defienden una forma de política, sino una forma de poder político; es decir, se defienden a ellos mismos y buscan constantemente el apoyo del pueblo en el ejercicio de ese poder. Por eso, a los que difieren de su ejercicio se les dice que “no son políticamente correctos” y el pueblo, para no ser políticamente incorrecto, apoya al Sistema y lo alaba sin caer en la cuenta de que quienes ostentan el poder político sólo se representan a ellos mismos.

            Desde el poder político se controla a la economía, a la banca y a los medios de comunicación hasta el punto de que una mera gestión temporal de gobierno se llega a convertir en una forma de absolutismo que puede llegar a modificar las raíces más genuinas de cada pueblo. Es algo así como aquello de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad…”. Un mal ejercicio de la actividad política, debidamente asumido por el pueblo, refrendado por éste y administrado maquiavélicamente por el poder político llega a convertirse en una única manera de hacer política hasta el punto de que el pueblo no llega a concebir otra forma alternativa de política.

            Esto es lo que tenemos actualmente en España y lo que impera en la práctica totalidad de países occidentales. (Sigue…)

                 

Manuel Nieto de Nevares         

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